30 de diciembre de 2011

Amigos para siempre

Aprovechando la honda representatividad de estas fechas permítanme ustedes que me ponga sensiblero, casi ñoño. Como bien saben aquellos que me tratan y me soportan a menudo, la navidad me pone. Me pone por lo que representaban sus más profundos valores como la paz, la amistad, la familia y el amor. Y hablo deliberadamente en pasado porque como habrán notado perfectamente los que pasen de los 30, esto ya no es lo que era.

Como el objetivo de esta entrada no es extenderse diseccionando tamaña evidencia, solo les recomendaré el visionado de la última película de Aardman (británicos genios de la animación plastilinera) titulada "Arthur Christmas". Reveladora a la vez que estética y brillantemente ejecutada.

Estos días antes cargados de simbolismo te empujan sin quererlo a evocar recuerdos del pasado. Raro es el momento en que no se me dibuja una sonrisa socarrona mientras ejecuto cualquier actividad cotidiana fruto de la visualización en super 8 de pasajes de mi vida. Y es en esos momentos en los que tomas clara consciencia de que, recuerdes lo que recuerdes, siempre te encuentras con los mismos personajes. Aquellos que han ido compartiendo sin rechistar momentos dulces y amargos, que te han arropado cuando has querido llorar, que te han ayudado a perpetrar acciones grotescas (casi delictivas) y que te han visto crecer, incluso a lo ancho cuando el gimnasio no era una de tus prioridades.

Es fascinante comprobar cómo, pese a los días o meses pasados desde la última vez, las conversaciones con esos amigos discurren de manera fluida, casi familiar. Igualmente, las risas y la complicidad que inunda cualquier reunión informal son síntomas claros de que no le debes nada a nadie. Lamentablemente, es en esas ocasiones en las que algún tercero sale mal parado (que el gremio de la hostelería sepa perdonarnos...) normalmente como resultado del sarcasmo y la ironía descontrolada de mentes pensantes sintonizadas en UHF.

A menudo me convenzo de que pensamos en la misma frecuencia de ondas cerebrales o que debemos compartir la misma marca de calzoncillos. Es probable que el isomorfismo propio de estas prendas se traduzca en una presión uniforme ejercida con la misma intensidad sobre nuestras gónadas, lo que seguro ha sido estudiado largamente por el Sr. Punset y motivo de cientos de ensayos sobre el comportamiento humano. Personalmente, me inclino más por la primera teoría apoyado en el simple hecho de que no acostumbro a fijarme en los calzoncillos de mis amigos.

¿Hablamos de amigos? ¿De gente simpática? ¿De buena gente? Pues hablemos de Álvaro, con un alma y una bondad tan grande que apenas le cabe en el cuerpo. Y de Dani, cual Ulises a la espera de iniciar su eterno y anhelado viaje. Gente decente, implicada y con planes de futuro. Qué decir de Vilnius, de sus bellos paisajes y sus aún más bellas mujeres, o al menos eso suponemos. Para que abundar en detalles sobre la proa de un barco rumbo a Ibiza con una bella mujer de senos prominentes al timón y tanta cerveza que acabemos naufragando en Sa Dragonera o cualquier islote colindante. Eso, eso... no abundemos en detalles que después se apuntan todos.

A ellos y por añadidura a todos los que consideren que tienen amigos, mi más sincero respeto por haber conseguido el valor más preciado del mundo. Y, sin son listos, estarán leyendo esta entrada con una sonrisa socarrona en los labios y la mente en el pasado rememorando aquel pasaje sonado en el que una o más almas gemelas le acompañaron hasta el final.

Aprovechen la Navidad para dejar volar la imaginación y el recuerdo. Contacten con aquellos que les hacen felices y háganselo saber. A comprar siempre podrán ir otro día...

A todos los que lean esto, gracias por ser como son. Feliz todo lo que se pueda felicitar en estas fechas.



6 de diciembre de 2011

Más nocilla y menos TecnoBluf

Hoy he visto un trozo de una película de Bud Spencer y Terence Hill. En algún momento me he visto transportado a una tarde de sábado atemporal rodeado de amigos y palomitas en el cine de barrio de turno (cine Delicias ahora convertido en un fantástico concesionario) que nos regalaba dos películas absolutamente infumables por el precio de una. En aquel entonces los ordenadores todavía no hablaban entre ellos y por supuesto los teléfonos eran teléfonos. Es más,  muchos aspectos tecnológicos que hoy nos parecen básicos eran casi desconocidos (¿ordenaqué?) lo que nos hacía mucho más silvestres y espontáneos.

Eran tiempos difíciles en los que tenías que demostrar tus habilidades balompédicas en cualquier calle infestada de vidrios minutos después de haberte zampado una rebanada de nocilla. Eran tiempos en que, dejando de lado los bailecitos y las cancioncitas, todo se parecía a West Side Story. Éramos independientes y aguerridos. Y aunque como siempre mi interés no es huir de la más absoluta realidad, según los parámetros actuales de comportamiento debo reconocer que éramos lo más parecido a Conan.


En este mundo altamente tecnificado todo se ha vuelto rápido, accesible y políticamente correcto. Existe un volumen ingente de información al alcance de tu mano, la gran parte de ésta sin interés para nadie. Todo es aquí y ahora. Vivimos de manera globalizada y nuestro comportamiento colectivo ha tenido que evolucionar para adaptarse a ello de manera más o menos abrupta. Una tarde de sábado se ha vuelto algo difícil, con videojuegos, internet, geolocalización y demás leches. Si además lo acompañas de tiernos infantes nacidos bajo el signo de la protección y la disponibilidad de recursos, el coctel es explosivo.

Sin llegar al extremismo del movimiento Chap británico, amantes de los buenos modales, astetas sin compasión y siempre enfundados en sus trajes victorianos, me doy cuenta que poco a poco me vuelvo amante del silencio, de hacer las cosas pausadamente, del respeto y la educación… Dios mío, estoy describiendo a mi padre ¿me estoy haciendo mayor? ¿Dónde puedo comprarme la pipa y las pantuflas? Si nos hacemos, hagámoslo bien…

Personalmente me gustaron aquellos tiempos. Impersonalmente me gustan estos tiempos. Lo único que no me ha gustada nada es el artificio de este mundo actual altamente tecnificado. Hemos creado muchas cosas inservibles, hemos avanzado hacía la comodidad universal abriendo cada vez más la brecha entre ricos y pobres, hemos dotado a mucha gente de tecnología cuando a duras penas saben atarse los cordones de los zapatos… Y todo ello con fechas de caducidad. ¿Porqué los discos duros externos no pueden durar más allá de 2-3 años?  ¿Porqué me veo obligado a duplicar o triplicar los datos entre dispositivos para salvaguardar unos datos que tanto sudor me cuestan obtener? ¿Porqué los dependientes de las tiendas de informática te reconocen ese hecho impunemente?

Lamento el calentón pero es que se me han roto los dos discos duros externos en el plazo de dos semanas y la cosa es de juzgado de guardia. Es en esos momentos de frustración técnica en los que echo de menos aquellos tiempos simplones, a mis dibujos, a mis libretas, a mi máquina de escribir, a mis cartas manuscritas de amor y a poder seguir expresando lo que siento cuando se ha ido la luz.

En fin... Otra entrada más en el ciberespacio. Es que no aprendo.

2 de diciembre de 2011

Oda al michelin

Aún recuerdo con cierta nostalgia cuando intentaba conservar la línea. La mía hace ya tiempo que se convirtió en línea de flotación. Es asombroso, casi mágico diría yo, como ciertas partes de tu cuerpo se permiten el lujo de crecer sin desparpajo y sin tu previo consentimiento cuando vas alcanzando una edad. Sabes a ciencia cierta que los hábitos que adquieres con el tiempo no son amantes del ejercicio físico continuado, lo has sufrido en tus propias carnes y aún así caes de nuevo en la misma trampa: apuntarte al gimnasio.

Tras largo tiempo viendo los toros desde la barrera y buscando excusas relacionadas con el uso eficiente del tiempo, caes en la cuenta que te resulta necesario volver a hacer deporte. Al principio te haces el exigente pero llegados a un punto cual cosa vale. Es en ese momento que consideras como buena idea el encerrarte en cuatro paredes atiborradas de aparatos parecidos a los utilizados en la edad Media para torturar herejes.

El gimnasio es un microcosmos en sí mismo. Plagado de seres irreales, casi mitológicos, embelesa al recién llegado con músicas estridentes, olor a sudor rancio y miradas inquisitivas. ¿Que se ha hecho de aquellos cantos de sirenas y el olor a lavanda fresca?¿Acaso existieron alguna vez?

Es innegable que el gimnasio es un lugar de hombres. De demasiados diría yo. Y demasiado salidos añadiría. Son abundantes las danzas rituales de cortejo alrededor de las pocas hembras que se atreven a poblar este habitat. Son muchos los machos que caen en la feroz lucha que se lleva a cabo entre bancos de abdominales y pesas, víctimas del ahogo sintomático provocado por horas y horas aguantando la respiración para realzar sus pectorales cual pichones.

Las muestras de afinidad entre machos son igualmente abundantes llegando incluso al ridículo más espantoso. Casi más importante que el ejercicio en si es la imagen que el macho transmita al resto de la manada. Para ello se forman aleatoriamente círculos liderados por uno de los machos dominantes, llamados coloquialmente "monitores", que a la llegada de un nuevo miembro enseñan los dientes a modo de franca sonrisa y de aceptación, tras un rato de ceremoniales aspavientos y poses "guais".



Podríamos escribir horas y horas sobre este fantástico mundo y siempre encontraríamos una nueva y bonita historia que nos obligaría a volver año tras año. Yo por el momento estoy atrapado en ese bucle infinito esperando que algún día pueda marcar abdominales. O al menos poderlos dibujar con un boli...

Nos vemos en el body building