19 de julio de 2012

Recuerda


Ayer acabé viendo una película. Y no, no fue la obra maestra de Hitchcok que da nombre a la entrada sino “American Pie: el reencuentro”. Una película de adolescentes americana convertida en saga de culto que, esta vez,  giraba en torno a la enésima fiesta en el gimnasio de un típico instituto del Medio-Oeste con la sempiterna bola de discoteca, ponche cargadito y mucha gente en smoking. Yo soy de los que defienden que desde “Carrie” no se ha conseguido una película decente de este tipo, al menos en lo que respecta al número de adolescentes muertos por metro cuadrado, parámetro determinante para entender y clasificar este tipo de género como se merece.



Durante años fui de los que se referían a este tipo de acontecimientos sociales con cierta sorna, pero con el tiempo entendí que debía ser provocado por el simple hecho de que nunca se celebró uno en el plazo de 25 años o que, en su defecto, nunca me invitaron a ellos. Debo expresar aquí que la terrible imagen de mis compañeros de jardín de infancia quedando para tomar cubatas sin que yo estuviera presente me ha atormentado cruelmente durante toda mi adolescencia. Seguramente fue por ello que la pasé de bar en bar acosando jovencitas y bebiéndome hasta el agua de la fregona… bonita excusa, si señor. Nota mental: usarla la próxima vez que salga de noche.

En este punto de exaltación de la más mísera mentira y mi pasado garrafonero, quiero expresar con orgullo que recientemente pude asistir a mi versión particular de reencuentro que, afortunadamente, acabó sin heridos pese a darse situaciones de extremo peligro como el dejar libremente a Álvaro Scarpino contar chistes o chascarrillos varios de la infancia.

En comparación con lo mostrado en la cinta norteamericana de abultado presupuesto y llena de referencias sexuales explicitas, nuestro pequeño jolgorio se pareció más a una reunión de la congregación de beatas descarriadas de Santa Teresa de Jesús. Pero es que los americanos tienden a exagerar mucho, a hacer todo a lo grande, a ser francamente escatológicos… y por mucho esfuerzo que pusimos (puedo atestiguarlo) no conseguimos alcanzar el nivel de desenfreno para pasar del nivel 1 de pardillo semilobotomizado al nivel 2 que todos los varones asistentes ansiábamos y que, de acuerdo al cliché aportado por millones de películas de adolescentes americanas, permitía visionar tetas a tutiplén. Toda una lástima.

Todos guardamos recuerdos de la época del colegio que son revisados al alza con el tiempo y que sin compasión son desmantelados en el transcurso de estas reuniones para ponerlos fielmente en su sitio. Al tercer cubata caes en la cuenta que tú nunca fuiste el que se enfrentó al compañero que ya se afeitaba o el que le pidió para salir a la guapa de la clase, y que por el contrario te metieron en el cuarto de baño para depilarte las cejas con un cutter. Es que de niños se hacen unas cosas. Angelitos…

Otro eje fundamental de estas reuniones es la inevitable revisión de las tendencias amatorias que en su día tiernamente albergamos como amateurs de la vida que éramos. Se recuerda sin compasión las largas tardes intentando cogerle la mano a aquella chica en el cine, sin que ella nunca llegara a pensar (o si, la muy listilla) que la mano era lo último que queríamos cogerle. Se revive encarnizadamente aquellas partidas a muerte de “verdad, acción o beso” que pensabas debían ser la antesala de un tórrido romance y en las que acababas teniendo que reconocer públicamente que aún veías el libro gordo de Petete. Por la maciza, claro está…

La cuestión es que el tiempo pasa para todos, nos guste o no. Lo peor es que a ellas los cuarenta les sientan de maravilla y a nosotros nos han dejado con menos pelo (algunas melenas se quedaron sin remedio en el camino), con más kilos (algunas, bastantes, cervezas han caído irremediablemente por el camino) y con la mente más sucia en nuestro camino hacia convertirnos en unos simpáticos y majetes viejos verdes.

La vida es maravillosa cuando se comparte con gente. Y además es brutal ver como el paso del tiempo no es obstáculo para comprobar que la buena gente continua siendo eso, simple y llanamente buena gente. En el fondo me da igual lo que pasó en el colegio cuando aún no sabía que sería de mi vida con tal de que pueda seguir manteniendo mis recuerdos de cartón piedra y pueda sentarme con mis amigos para destrozarlos. Mientras, esperaré pacientemente a que las mujeres pierdan su atractivo (cosa harto difícil) para que dejen de volvernos locos y a que los hombres nos de por hablar de dentaduras postizas en vez de intentar alcanzar denostadamente el nivel 2.

Y recuerden. Los recuerdos son siempre peligrosos. Ponerlos en común con la gente que sale en ellos puede ser delicioso...