Ayer
acabé viendo una película. Y no, no fue la obra maestra de Hitchcok que da
nombre a la entrada sino “American Pie: el reencuentro”. Una película de
adolescentes americana convertida en saga de culto que, esta vez, giraba en torno a la enésima fiesta en el
gimnasio de un típico instituto del Medio-Oeste con la sempiterna bola de
discoteca, ponche cargadito y mucha gente en smoking. Yo soy de los que
defienden que desde “Carrie” no se ha conseguido una película decente de este
tipo, al menos en lo que respecta al número de adolescentes muertos por metro
cuadrado, parámetro determinante para entender y clasificar este tipo de género
como se merece.
Durante
años fui de los que se referían a este tipo de acontecimientos sociales con
cierta sorna, pero con el tiempo entendí que debía ser provocado por el simple
hecho de que nunca se celebró uno en el plazo de 25 años o que, en su defecto,
nunca me invitaron a ellos. Debo expresar aquí que la terrible imagen de mis
compañeros de jardín de infancia quedando para tomar cubatas sin que yo
estuviera presente me ha atormentado cruelmente durante toda mi adolescencia.
Seguramente fue por ello que la pasé de bar en bar acosando jovencitas y bebiéndome
hasta el agua de la fregona… bonita excusa, si señor. Nota mental: usarla la
próxima vez que salga de noche.
En este
punto de exaltación de la más mísera mentira y mi pasado garrafonero, quiero
expresar con orgullo que recientemente pude asistir a mi versión particular de
reencuentro que, afortunadamente, acabó sin heridos pese a darse situaciones de
extremo peligro como el dejar libremente a Álvaro Scarpino contar chistes o
chascarrillos varios de la infancia.
En
comparación con lo mostrado en la cinta norteamericana de abultado presupuesto
y llena de referencias sexuales explicitas, nuestro pequeño jolgorio se pareció
más a una reunión de la congregación de beatas descarriadas de Santa Teresa de
Jesús. Pero es que los americanos tienden a exagerar mucho, a hacer todo a lo
grande, a ser francamente escatológicos… y por mucho esfuerzo que pusimos
(puedo atestiguarlo) no conseguimos alcanzar el nivel de desenfreno para pasar
del nivel 1 de pardillo semilobotomizado al nivel 2 que todos los varones
asistentes ansiábamos y que, de acuerdo al cliché aportado por millones de películas
de adolescentes americanas, permitía visionar tetas a tutiplén. Toda una
lástima.
Todos
guardamos recuerdos de la época del colegio que son revisados al alza con el
tiempo y que sin compasión son desmantelados en el transcurso de estas
reuniones para ponerlos fielmente en su sitio. Al tercer cubata caes en la
cuenta que tú nunca fuiste el que se enfrentó al compañero que ya se afeitaba o
el que le pidió para salir a la guapa de la clase, y que por el contrario te
metieron en el cuarto de baño para depilarte las cejas con un cutter. Es que de
niños se hacen unas cosas. Angelitos…
Otro
eje fundamental de estas reuniones es la inevitable revisión de las tendencias
amatorias que en su día tiernamente albergamos como amateurs de la vida que éramos.
Se recuerda sin compasión las largas tardes intentando cogerle la mano a
aquella chica en el cine, sin que ella nunca llegara a pensar (o si, la muy
listilla) que la mano era lo último que queríamos cogerle. Se revive
encarnizadamente aquellas partidas a muerte de “verdad, acción o beso” que
pensabas debían ser la antesala de un tórrido romance y en las que acababas
teniendo que reconocer públicamente que aún veías el libro gordo de Petete. Por
la maciza, claro está…
La cuestión
es que el tiempo pasa para todos, nos guste o no. Lo peor es que a ellas los
cuarenta les sientan de maravilla y a nosotros nos han dejado con menos pelo
(algunas melenas se quedaron sin remedio en el camino), con más kilos (algunas,
bastantes, cervezas han caído irremediablemente por el camino) y con la mente
más sucia en nuestro camino hacia convertirnos en unos simpáticos y majetes viejos
verdes.
La vida
es maravillosa cuando se comparte con gente. Y además es brutal ver como el
paso del tiempo no es obstáculo para comprobar que la buena gente continua
siendo eso, simple y llanamente buena gente. En el fondo me da igual lo que
pasó en el colegio cuando aún no sabía que sería de mi vida con tal de que
pueda seguir manteniendo mis recuerdos de cartón piedra y pueda sentarme con
mis amigos para destrozarlos. Mientras, esperaré pacientemente a que las
mujeres pierdan su atractivo (cosa harto difícil) para que dejen de volvernos
locos y a que los hombres nos de por hablar de dentaduras postizas en vez de intentar
alcanzar denostadamente el nivel 2.
Y recuerden. Los recuerdos son siempre peligrosos. Ponerlos en común con la gente que sale en ellos puede ser delicioso...
