Aprovechando la honda representatividad de estas fechas permítanme ustedes que me ponga sensiblero, casi ñoño. Como bien saben aquellos que me tratan y me soportan a menudo, la navidad me pone. Me pone por lo que representaban sus más profundos valores como la paz, la amistad, la familia y el amor. Y hablo deliberadamente en pasado porque como habrán notado perfectamente los que pasen de los 30, esto ya no es lo que era.
Como el objetivo de esta entrada no es extenderse diseccionando tamaña evidencia, solo les recomendaré el visionado de la última película de Aardman (británicos genios de la animación plastilinera) titulada "Arthur Christmas". Reveladora a la vez que estética y brillantemente ejecutada.
Estos días antes cargados de simbolismo te empujan sin quererlo a evocar recuerdos del pasado. Raro es el momento en que no se me dibuja una sonrisa socarrona mientras ejecuto cualquier actividad cotidiana fruto de la visualización en super 8 de pasajes de mi vida. Y es en esos momentos en los que tomas clara consciencia de que, recuerdes lo que recuerdes, siempre te encuentras con los mismos personajes. Aquellos que han ido compartiendo sin rechistar momentos dulces y amargos, que te han arropado cuando has querido llorar, que te han ayudado a perpetrar acciones grotescas (casi delictivas) y que te han visto crecer, incluso a lo ancho cuando el gimnasio no era una de tus prioridades.
Es fascinante comprobar cómo, pese a los días o meses pasados desde la última vez, las conversaciones con esos amigos discurren de manera fluida, casi familiar. Igualmente, las risas y la complicidad que inunda cualquier reunión informal son síntomas claros de que no le debes nada a nadie. Lamentablemente, es en esas ocasiones en las que algún tercero sale mal parado (que el gremio de la hostelería sepa perdonarnos...) normalmente como resultado del sarcasmo y la ironía descontrolada de mentes pensantes sintonizadas en UHF.
A menudo me convenzo de que pensamos en la misma frecuencia de ondas cerebrales o que debemos compartir la misma marca de calzoncillos. Es probable que el isomorfismo propio de estas prendas se traduzca en una presión uniforme ejercida con la misma intensidad sobre nuestras gónadas, lo que seguro ha sido estudiado largamente por el Sr. Punset y motivo de cientos de ensayos sobre el comportamiento humano. Personalmente, me inclino más por la primera teoría apoyado en el simple hecho de que no acostumbro a fijarme en los calzoncillos de mis amigos.
¿Hablamos de amigos? ¿De gente simpática? ¿De buena gente? Pues hablemos de Álvaro, con un alma y una bondad tan grande que apenas le cabe en el cuerpo. Y de Dani, cual Ulises a la espera de iniciar su eterno y anhelado viaje. Gente decente, implicada y con planes de futuro. Qué decir de Vilnius, de sus bellos paisajes y sus aún más bellas mujeres, o al menos eso suponemos. Para que abundar en detalles sobre la proa de un barco rumbo a Ibiza con una bella mujer de senos prominentes al timón y tanta cerveza que acabemos naufragando en Sa Dragonera o cualquier islote colindante. Eso, eso... no abundemos en detalles que después se apuntan todos.
A ellos y por añadidura a todos los que consideren que tienen amigos, mi más sincero respeto por haber conseguido el valor más preciado del mundo. Y, sin son listos, estarán leyendo esta entrada con una sonrisa socarrona en los labios y la mente en el pasado rememorando aquel pasaje sonado en el que una o más almas gemelas le acompañaron hasta el final.
Aprovechen la Navidad para dejar volar la imaginación y el recuerdo. Contacten con aquellos que les hacen felices y háganselo saber. A comprar siempre podrán ir otro día...
A todos los que lean esto, gracias por ser como son. Feliz todo lo que se pueda felicitar en estas fechas.





