2 de diciembre de 2011

Oda al michelin

Aún recuerdo con cierta nostalgia cuando intentaba conservar la línea. La mía hace ya tiempo que se convirtió en línea de flotación. Es asombroso, casi mágico diría yo, como ciertas partes de tu cuerpo se permiten el lujo de crecer sin desparpajo y sin tu previo consentimiento cuando vas alcanzando una edad. Sabes a ciencia cierta que los hábitos que adquieres con el tiempo no son amantes del ejercicio físico continuado, lo has sufrido en tus propias carnes y aún así caes de nuevo en la misma trampa: apuntarte al gimnasio.

Tras largo tiempo viendo los toros desde la barrera y buscando excusas relacionadas con el uso eficiente del tiempo, caes en la cuenta que te resulta necesario volver a hacer deporte. Al principio te haces el exigente pero llegados a un punto cual cosa vale. Es en ese momento que consideras como buena idea el encerrarte en cuatro paredes atiborradas de aparatos parecidos a los utilizados en la edad Media para torturar herejes.

El gimnasio es un microcosmos en sí mismo. Plagado de seres irreales, casi mitológicos, embelesa al recién llegado con músicas estridentes, olor a sudor rancio y miradas inquisitivas. ¿Que se ha hecho de aquellos cantos de sirenas y el olor a lavanda fresca?¿Acaso existieron alguna vez?

Es innegable que el gimnasio es un lugar de hombres. De demasiados diría yo. Y demasiado salidos añadiría. Son abundantes las danzas rituales de cortejo alrededor de las pocas hembras que se atreven a poblar este habitat. Son muchos los machos que caen en la feroz lucha que se lleva a cabo entre bancos de abdominales y pesas, víctimas del ahogo sintomático provocado por horas y horas aguantando la respiración para realzar sus pectorales cual pichones.

Las muestras de afinidad entre machos son igualmente abundantes llegando incluso al ridículo más espantoso. Casi más importante que el ejercicio en si es la imagen que el macho transmita al resto de la manada. Para ello se forman aleatoriamente círculos liderados por uno de los machos dominantes, llamados coloquialmente "monitores", que a la llegada de un nuevo miembro enseñan los dientes a modo de franca sonrisa y de aceptación, tras un rato de ceremoniales aspavientos y poses "guais".



Podríamos escribir horas y horas sobre este fantástico mundo y siempre encontraríamos una nueva y bonita historia que nos obligaría a volver año tras año. Yo por el momento estoy atrapado en ese bucle infinito esperando que algún día pueda marcar abdominales. O al menos poderlos dibujar con un boli...

Nos vemos en el body building

2 comentarios:

  1. Ahí no tienes nada que hacer, el michelín va a seguir existiendo. Ahora lo que se lleva es el YOGALATES.

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  2. Y además las clases de yogalates es donde se han escondido las hembras. De 40 personas somos 3 hombres...

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