3 de enero de 2013

Dios, como pasa el tiempo

El pequeño dcar abre los ojos atraído por el fuerte olor a papilla. Sus más primarios instintos le mueven a lanzar un alarido con todas sus fuerzas. Es lastimoso pero por el momento y sin haber tenido la suerte de aprender el arte de la palabra es su único recurso válido. Una madre abnegada se acerca presurosa a recoger a la pequeña mole que se desgañita recostada en la cuna. El hecho que el zampabollos de dcar pase largamente del peso ideal no ayuda en absoluto en la operación que se salda con un par de maldiciones entre dientes y la necesidad de poner al lindo querube a pan y agua una temporada.

Mientras esta a punto de zamparse la primera cucharada, dcar solo piensa en la siguiente cucharada, en sus muñequitos de colores que no paran de moverse encima de la cuna y del calorcito que le da su Mami. Tras finalizar la comilona y antes de amodorrarse de nuevo su mente solo puede pensar una cosa… esto es vida.



El adolescente dcar abre los ojos espoleado por los gritos de su madre. Diversas maldiciones encadenadas haciendo referencia a como malgasta la vida uno que se despierta cuando la comida ya está preparada son suficientes para que la enterrada consciencia de dcar se active y le obligue a incorporarse de la cama. La atmosfera irrespirable de la habitación obliga a la madre a recular irremisiblemente en su empeño de convertir a la masa granulosa de su hijo en persona.

Mientras dcar se ducha solo piensa en con quien va a quedar hoy, en las posibilidades que tiene de enrollarse con las compañeras de la clase y en el coñazo en que se convierten a veces sus padres en el denodado intento de conseguir que los planes salgan bien. Ya de tarde una vez ha cumplido convenientemente con las mínimas conveniencias sociales (comida en la mesa con sonrisa y reporte de actividades a los padres) su mente le transporta al futuro inmediato con una sola idea… esto es la leche.



El ya casi treintañero dcar abre los ojos gracias al poderoso influjo que le provoca ese extraño cosquilleo que le recorre el cuerpo. Tras un rápido inventario de los actos del día anterior y reparar en la ducha efectuada descartando así cualquier reacción alérgica o herpes vario, cae en la cuenta que se trata de los nervios a flor de piel que le provocan la inmediatez aguda de la pérdida de su soltería.

Mientras dcar prepara a trompicones lo necesario para recorrer unos cientos de kilómetros en compañía de sus padrinos para llegar a tiempo a su boda, piensa en la importancia de lo que va a hacer hoy, en la mujer con quien quiere pasar el resto de su vida y en los tropocientos invitados que finalmente van a estar en su boda. Vencidos los contratiempos y ya una vez en camino, en su mente se repite una sola idea… esto tiene que ser la bomba



El adulto y granado dcar abre los ojos ayudado por los botes sobre el estomago de sus dos hijos. Debo dejar de llevarlos a Port Aventura, piensa para sus adentros mientras sonríe y se deja llenar de besos y felicitaciones. El tierno despertar le ha regalado abrazos, caricias, mensajes de móvil, llamadas de teléfono, el amor de sus amigos y de toda su familia y una camiseta de Super Coco, todo un símbolo del patoso pero entrañable superhéroe en el que se ha convertido con los años.

Mientras dcar sucumbe a la reparadora ducha y deja caer sobre su cabeza el agua caliente, piensa en que ya tiene un año más, en la suerte que tiene y en como devolver todo ese amor incondicional a su familia y amigos. Por fin ha encontrado un hueco en el que poder escribir esta entrada. Y es mientras escribe que comprueba claramente como con el tiempo en su mente se ha grabado fuerte un pensamiento… esto de la vida es la lecha y está siendo la bomba.



Si señores. Esta entrada tiene un alto contenido emocional además de moraleja cual fábula de Esopo. Cumplir años puede parecer un acto cruel cuando pasas de los cuarenta. Pero es todo lo contrario. La suma de todos los momentos vividos no tiene ni punto de comparación con el gusto de vivir el presente. Del futuro ya hablaremos cuando toque…

Gracias por estar ahí… y ser tan majos