Ha llovido mucho desde aquel el día en que los inconscientes hermanos Wright emprendieron el vuelo. Lo que hoy consideraríamos un pequeño paseo, tan corto que levantaría las iras de cualquier usuario ávido de refresco y cacahuetes, supuso el inicio de una carrera imparable de la industria comercial aeronautica.
Quiero romper una lanza en esta entrada por todos los pasajeros de avión, como un servidor, que a diario surcan los aires y que a menudo se encuentran en pelotas, como un servidor, ante los atropellos sufridos por esta industria. Que se puede esperar de una actividad en la que coexiste la figura del comandante, capaz de denegar el acceso a un avión por futilidades como un persistente olor de pies, y la icónica bolsita de cacahuetes, reminiscencia de un pasado glorioso protagonizada por el bocadillo de salchichón. Aciago el día en que alguna mente preclara carne de MBA tuvo la visión de dar a escoger al pasajero del vuelo de 5 horas entre morir de hambre o pagar cantidades desorbitadas por una copia desdibujada de aquel bocadillo. Con lo que el salchichón ha sido para la industria de la aviación…
Otro aspecto interesante a tratar es la especificidad de la dimensión espacio-tiempo en la que vive esta industria. En ella los horarios sufren alguna especie de curvatura que los hace imposibles de cumplir aduciendo a razones extrañas que nuestra débil mente nunca alcanzaría a comprender. En ocasiones, los motivos del retraso se guardan celosamente entre el selecto grupo de escogidos que deben salvaguardar la seguridad del pasajero. El mozo de las maletas, la asistenta de tierra o el chispas del hangar doce se erigen en superhéroes cual liga de la justicia liderados por el señor de las gafas de sol de espejo y andares grotescos, es decir, el comandante.
En un mundo donde los horarios son fútiles y nuestro destino está en manos de unos pocos iluminados, hablar de conexiones entre vuelos es una entelequia. Hoy en día viajar entre dos puntos haciendo una escala es un reto para nuestros nervios a partir del momento que tomas consciencia de que la aeronave en la que vas montado no llegará nunca a la hora que te prometieron, que todo aquel de la tripulación al que le preguntas te sonríe inexorablemente y que al llegar te va a tocar de nuevo hacer los 100 metros lisos entre los pasillos de un aeropuerto bielorruso de nombre extraño para llegar sudado a una puerta de embarque en que otros señores sonrientes, casi al límite de la carcajada histérica, te intentarán hacer entender que no debes volver a hacer planes cuando vueles en conexión.
En este punto, casi mejor de las maletas ni hablamos. Personalmente siempre tengo la sensación de que el adhesivo que te ponen en el billete al facturar la maleta sea el boleto de la tómbola de la fiesta mayor y que al dártelo la persona del mostrador farfulle entre dientes algo similar a “suerte y a por el perrito piloto”. Esa es una de las principales razones por las que la gente prefiere llevarse las gallinas, el pan cateto y el chorizo cual Paco Martínez Soria en los compartimentos superiores, fijo. Si no, la próxima vez que facturéis poner atención.
Cuanto hemos avanzado desde aquel primer vuelo de los hermanos Wright que traducido al castellano quiere decir “podrían haberse quedado en tierra que estaban más monos”.

Por esto me gusta más viajar en AVE siempre que sea posible... pero de momento el tema de llegar a sitios como Tokyo en tren está difícil...
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