11 de agosto de 2011

Pasado reciente, futuro cercano


Existe un pasado que nos persigue queramos o no. Nuestras acciones pasadas pesan como una losa por mucho que queramos zafarnos de ellas. En este sentido, el pensamiento colectivo de este pais nuestro es, como decirlo, olvidadizo. Tomando como base el ADN patrio podemos concluir facilmente y sin miedo a equivocarnos que estos últimos años han sido totalmente una entelequia, un mundo irreal que nunca ha pasado habitado por personajes más parecidos al sombrerero loco de Alicia en el pais de las maravillas que a personas con cerebro como el hombre de hojalata del Mago de Oz.

Fiel siempre a mis origenes y espoleado por la selección de grandes momentos realizado por mi hermano, he querido recopilar e inmortalizar en el recuerdo algunas verdades universales que nos deben volver a poner en nuestro sitio. Lo que veremos a continuación serán muestras fehacientes de lo que ha sido, es y lamentablemente volverá a ser nuestra piel de toro (¿Se puede ser más patrio con una expresión equivalente?)

En primer lugar, como poder o querer olvidar nuestra racial orientación hacia el cachondeo, el baile y el ligoteo mostrada sin tapujos en este video. La ambientación de las boites puede haber cambiado para hacer imposible el contacto verbal, pero los especimenes que las habitan han evolucionado poco desde entonces...


Como obviar de otra manera el gracejo y los movimientos rítmicos del celtibero. El porte y la casta es algo que nunca se ha perdido y que se va a revalorizar tal como vemos en el próximo video. De aquí poco y al ritmo que vamos lo único que podremos exportar al norte de Europa será nuestra belleza natural...


Ahondando en nuestras infinitas capacidades, seguimos encontrando virtudes que volverán a valorarse como nuestra natural orientación al cortejo y la zalamería. ¿Se puede ser más original, ocurrente y virtuoso del verbo castellano a la vez que baboso que un caballerete español? Señores, vayan desempolvando sus bañadores marcapaquete que en breve serán más valorados que los lingotes de oro...


Alta tecnología queríamos hacer. Ser conocidos por nuestra capacidad productiva e ingenio. Más desarrollados que las primeras potencias europeas (Zapatero dixit). No nos engañemos y revolvamos entre nuestro entrañable NODO para encontrar las verdaderas habilidades del habitante de la peninsula... el tocho, la sombrilla, el chiringuito, la hazada y, como no, la cofia que nunca nadie lució con más elegancia que nuestra inmortal Gracita...


Lo lamento señores. Lamento volver a atacarles con mensajes vacuos y populistas. Ya se que esto no es más que la enesima llamada a la reflexión colectiva que, iluso de mi, algún día debe llegar. Pero mi oculto interés con esta nueva entrada es poder mostrarles lo que hemos sido no hace tanto tiempo. De aquello que parece que queríamos huir estos últimos años como de la peste. El desarrollismo está por llegar y es bueno que vayamos recordando como se vivía entonces. 

Promulgaba Darwin que subsisten solo los mejores adaptados al medio ¿o quiso decir los mejor adaptados al miedo?

7 de agosto de 2011

Smart parents

Inspirado principalmente por mi faceta de padre abnegado, creo que es momento de ponerse muy serio. El motivo, una profunda preocupación que todo aquel que ha transcendido más allá de su ser (un papi en ejercicio vaya) siente en lo más hondo de sus intestinos y que se removió recientemente cual retortijón choricero tras la oportuna asistencia a un congreso que versaba sobre dos conceptos clave hoy en día: las TIC o Tecnologías de la Información y la Sostenibilidad.

La idea estaba clara. Todos los mensajes estaban orientados a escudriñar la manera como la tecnología debería permitir frenar el despilfarro de una sociedad muy poco eficiente en el sentido más amplia de la palabra. Se habló largamente del coche eléctrico, se reflexionó sobre el reciclado de pilas de bajo consumo, se vió quien la tenía más grande platicando sobre energía renovable, se teorizó sobre las bondades del cloud computing, se masturbaron mentalmente mentando las redes y las ciudades inteligentes (smart grids and cities) y se trataron con más o menos profundidad otros aspectos que llegaron a un abuso exagerado del adjetivo smart.



La cuestión es que cuando te das cuenta que las grandes consultoras mundiales se ofuscan en promover esta idea se te ponen los pelos como escarpias solo pensando en el negocio que van a querer y que van a conseguir generar. No se que pensarán ustedes pero un modelo de negocio fundamentado en la promoción de la idea de eficiencia y sostenibilidad resulta, por lo pronto, chocante. El promover un uso más eficiente de la energía es en esencia interesante, ilusionante y estimulante. El saber que quien tiene que promoverlo son los mismos que hace cuatro días estaban retozando alegremente en la pocilga de la abundancia y la burbuja económica, financiera e inmobiliaria es, de todas todas, decepcionante. Que encrucijada señores…

Totalmente sugestionado por tan contradictorios mensajes, recogí mis pensamientos y me fui al estado de California. A la vuelta del viaje la cosa había empeorado ostensiblemente. El caminar quince minutos por una ciudad norteamericana y sentir en la cara el impacto del “american way of life”  tiene esa virtud. La de comprobar como la manera de entender la vida de un país entero se basa en el despilfarro, la ostentación, el hazlo más  grande y el fiesta para todos. ¿Sostenibiliqué?

Cabe recordar y revelar a aquel que no lo sepa que yo fui uno de los cuatro matados que estudiaron Geología. Llamarme tio preclaro si queréis. Lo que tengo que agradecer de ello es la amplia visión que te otorga el estudiar conceptos que suceden tan lentamente que solo pueden medirse en millones de años. Eso hace cuestionarse cosas desde una visión muy muy amplia lo que inevitablemente te lleva a preguntas como ¿Qué demonios hacemos en un pedazo de roca tan minúsculo en la inmensidad del universo? ¿Porqué nos creemos tan importantes si vivimos en ella hace cuatro días? Eso es jodido cuando tienes a tu hijo en brazos y tienes un instinto de protección de caballo.

Habían pasado ya varias semanas desde tan acuciante alerta paternal. Gracias a Dios, el influjo de las vacaciones había iniciado el proceso de hibernación de la misma. Hasta hace tan solo un par de días… Encontrándome a solas en el lavabo de un bar cualquiera en un lugar turístico me llegó la revelación cuando comprobé medio aturdido por los olores que no había papel higiénico. Siglos de mejora de la especie, un montón de años de inexorable avance de las TIC y mucha sostenibilidad no habían sido capaces de garantizar la existencia de papel en aquel espacio. El sistema además de ineficiente es un poco cabrón, pensé. Tendremos que mejorarlo entre todos.

Con esta entrada señores quiero zarandear sus consciencias con el fin de trabajar juntos para asegurar que nuestra descendencia disfrute al menos de la misma cantidad de papel higiénico, o más, del que nosotros hemos podido tener a disposición. No dejemos que se encuentren con las manos vacías, por favor.

3 de agosto de 2011

A fuego en a piel

Llevo unos días acudiendo religiosamente a la playa como marca la más absoluta tradición vacacional y, estimados amigos, estoy sumido en la más profunda de las depresiones. El motivo no debemos buscarlo en el volumen de mis abdominales, anómalamente hinchados gracias a la pericia dietética practicada durante estos meses pasados en los que cualquier lectura relacionada con el Sr. Dukan estaba totalmente vetada. El verdadero motivo es que, porqué negarlo, no soy un tio cool agraciado con un bello tatuaje.




La cíclica migración estacional de la población hacia las playas me permite disfrutar de este tipo de avistamientos. Con la edad uno se va volviendo un experto en el trabajo de identificar las diferentes tipologías de tatuaje, desde el más carcelario hasta el extremadamente hortera. Es alarmante comprobar como al girarse ese señor barrigudo que está jugando con su niño empujando la barquita se nos muestra en todo su esplendor una Madre de Dios de un realismo tal que nos incita a hincar las rodillas y rezarnos tres avemarias.

Es hablando de este tema en la que la bella expresión “hasta el más tonto hace relojes” cobra todo su significado. De unos años para acá, el escribir o dibujar cualquier cosa sobre la piel de uno se ha convertido en algo totalmente usual, tanto como comprarse una camiseta de Bob Esponja. Lo bueno es que si un día deja de gustarte Bob y te conviertes en un ferviente adorador de satán (cosa típica después del visionado de unos cuantos capítulos del personaje amarillo), solo tienes que tirar la camiseta y comprarte otra sin necesidad de abrasarte la piel para ocultar ese horrible pasado.

Hay tigres, hay leones, está Elvis, la estética maori (pobres), frases sin sentido (¿Qué se ha hecho del típico “Amor de madre”?), caras desdibujadas, símbolos chinos (el más tatuado significa “muebles Orozco, los mejores que conozco”), hay cruces no obligatoriamente religiosas, existen flores e insectos (caso típico de regresión y síndrome de tensión sexual no resuelta con el cuento de las rosas y las abejas) y hay, lamentablemente de cada 100.000, uno original que probablemente tenga su sentido.

Lo reconozco, en cuestiones playeras estoy totalmente fuera de juego. No estoy absolutamente en la onda. No cumplo ni por asomo los cánones oficiales de belleza que marca la sociedad moderna. Haciendo un símil pugilístico, en la categoría de maduritos tirando a canosos que se les pasa el arroz no doy la talla. Me conformo con mi bañador XXL que abraza todo el michelín, mi piel sonrosadita cual cochinillo y mis pecas. Con estas últimas me he sentido incluso tentado de dibujar a boli alguna constelación para poder fardar, aunque efímeramente, con mis gafas de pasta y ligar a tope como en una biblioteca ¿No es esa acaso el objetivo del tatuado que va a la playa? Seguro…


Pongan un tatuaje en su vida amigos, se sentirán más… tatuados. A aquellos que ya lo hayan hecho felicitarles por el bello icono que llevarán para siempre con ustedes y que cargado de un elevado simbolismo les puede servir como arma arrojadiza para mantener conversaciones susurreantes acompañados de un vaso de wiskhy. O no…