Llevo unos días acudiendo religiosamente a la playa como marca la más absoluta tradición vacacional y, estimados amigos, estoy sumido en la más profunda de las depresiones. El motivo no debemos buscarlo en el volumen de mis abdominales, anómalamente hinchados gracias a la pericia dietética practicada durante estos meses pasados en los que cualquier lectura relacionada con el Sr. Dukan estaba totalmente vetada. El verdadero motivo es que, porqué negarlo, no soy un tio cool agraciado con un bello tatuaje.
La cíclica migración estacional de la población hacia las playas me permite disfrutar de este tipo de avistamientos. Con la edad uno se va volviendo un experto en el trabajo de identificar las diferentes tipologías de tatuaje, desde el más carcelario hasta el extremadamente hortera. Es alarmante comprobar como al girarse ese señor barrigudo que está jugando con su niño empujando la barquita se nos muestra en todo su esplendor una Madre de Dios de un realismo tal que nos incita a hincar las rodillas y rezarnos tres avemarias.
Es hablando de este tema en la que la bella expresión “hasta el más tonto hace relojes” cobra todo su significado. De unos años para acá, el escribir o dibujar cualquier cosa sobre la piel de uno se ha convertido en algo totalmente usual, tanto como comprarse una camiseta de Bob Esponja. Lo bueno es que si un día deja de gustarte Bob y te conviertes en un ferviente adorador de satán (cosa típica después del visionado de unos cuantos capítulos del personaje amarillo), solo tienes que tirar la camiseta y comprarte otra sin necesidad de abrasarte la piel para ocultar ese horrible pasado.
Hay tigres, hay leones, está Elvis, la estética maori (pobres), frases sin sentido (¿Qué se ha hecho del típico “Amor de madre”?), caras desdibujadas, símbolos chinos (el más tatuado significa “muebles Orozco, los mejores que conozco”), hay cruces no obligatoriamente religiosas, existen flores e insectos (caso típico de regresión y síndrome de tensión sexual no resuelta con el cuento de las rosas y las abejas) y hay, lamentablemente de cada 100.000, uno original que probablemente tenga su sentido.
Lo reconozco, en cuestiones playeras estoy totalmente fuera de juego. No estoy absolutamente en la onda. No cumplo ni por asomo los cánones oficiales de belleza que marca la sociedad moderna. Haciendo un símil pugilístico, en la categoría de maduritos tirando a canosos que se les pasa el arroz no doy la talla. Me conformo con mi bañador XXL que abraza todo el michelín, mi piel sonrosadita cual cochinillo y mis pecas. Con estas últimas me he sentido incluso tentado de dibujar a boli alguna constelación para poder fardar, aunque efímeramente, con mis gafas de pasta y ligar a tope como en una biblioteca ¿No es esa acaso el objetivo del tatuado que va a la playa? Seguro…
Pongan un tatuaje en su vida amigos, se sentirán más… tatuados. A aquellos que ya lo hayan hecho felicitarles por el bello icono que llevarán para siempre con ustedes y que cargado de un elevado simbolismo les puede servir como arma arrojadiza para mantener conversaciones susurreantes acompañados de un vaso de wiskhy. O no…

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