Hoy he visto un trozo de una película de Bud Spencer y Terence Hill. En algún momento me he visto transportado a una tarde de sábado atemporal rodeado de amigos y palomitas en el cine de barrio de turno (cine Delicias ahora convertido en un fantástico concesionario) que nos regalaba dos películas absolutamente infumables por el precio de una. En aquel entonces los ordenadores todavía no hablaban entre ellos y por supuesto los teléfonos eran teléfonos. Es más, muchos aspectos tecnológicos que hoy nos parecen básicos eran casi desconocidos (¿ordenaqué?) lo que nos hacía mucho más silvestres y espontáneos.
Eran tiempos difíciles en los que tenías que demostrar tus habilidades balompédicas en cualquier calle infestada de vidrios minutos después de haberte zampado una rebanada de nocilla. Eran tiempos en que, dejando de lado los bailecitos y las cancioncitas, todo se parecía a West Side Story. Éramos independientes y aguerridos. Y aunque como siempre mi interés no es huir de la más absoluta realidad, según los parámetros actuales de comportamiento debo reconocer que éramos lo más parecido a Conan.
En este mundo altamente tecnificado todo se ha vuelto rápido, accesible y políticamente correcto. Existe un volumen ingente de información al alcance de tu mano, la gran parte de ésta sin interés para nadie. Todo es aquí y ahora. Vivimos de manera globalizada y nuestro comportamiento colectivo ha tenido que evolucionar para adaptarse a ello de manera más o menos abrupta. Una tarde de sábado se ha vuelto algo difícil, con videojuegos, internet, geolocalización y demás leches. Si además lo acompañas de tiernos infantes nacidos bajo el signo de la protección y la disponibilidad de recursos, el coctel es explosivo.
Sin llegar al extremismo del movimiento Chap británico, amantes de los buenos modales, astetas sin compasión y siempre enfundados en sus trajes victorianos, me doy cuenta que poco a poco me vuelvo amante del silencio, de hacer las cosas pausadamente, del respeto y la educación… Dios mío, estoy describiendo a mi padre ¿me estoy haciendo mayor? ¿Dónde puedo comprarme la pipa y las pantuflas? Si nos hacemos, hagámoslo bien…
Personalmente me gustaron aquellos tiempos. Impersonalmente me gustan estos tiempos. Lo único que no me ha gustada nada es el artificio de este mundo actual altamente tecnificado. Hemos creado muchas cosas inservibles, hemos avanzado hacía la comodidad universal abriendo cada vez más la brecha entre ricos y pobres, hemos dotado a mucha gente de tecnología cuando a duras penas saben atarse los cordones de los zapatos… Y todo ello con fechas de caducidad. ¿Porqué los discos duros externos no pueden durar más allá de 2-3 años? ¿Porqué me veo obligado a duplicar o triplicar los datos entre dispositivos para salvaguardar unos datos que tanto sudor me cuestan obtener? ¿Porqué los dependientes de las tiendas de informática te reconocen ese hecho impunemente?
Lamento el calentón pero es que se me han roto los dos discos duros externos en el plazo de dos semanas y la cosa es de juzgado de guardia. Es en esos momentos de frustración técnica en los que echo de menos aquellos tiempos simplones, a mis dibujos, a mis libretas, a mi máquina de escribir, a mis cartas manuscritas de amor y a poder seguir expresando lo que siento cuando se ha ido la luz.
En fin... Otra entrada más en el ciberespacio. Es que no aprendo.

¿Obsolescencia programada?
ResponderEliminarYo siempre he creído que los aparatos tenían un temporizador que provocaba una avería el día siguiente a que se acabara la garantía.
Los ordenadores son una trampa de la que es muy difícil zafarse.
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