Advierto
a los avezados lectores de este blog, raza extraña a la que nunca me cansaré de
darles las gracias por esa inexplicable preferencia suya de leer estas líneas
por delante de otras muestras inequívocas de la alta cultura como Sálvame
Deluxe o Quien quiere casarse con mi hijo (pongan aquí un smile con cara de
sorpresa), que la entrada de hoy va dirigida a los machos camachos de abundante
pelo en pecho que se encuentran cercanos a la crisis de los cuarenta o, como un
servidor, están intentando salir de ella. ¿Será la solución a todas mis dudas
existenciales el comprarme una Harley Davidson y lanzarme a la N-340 enfundado
en cuero? Dudas, siempre dudas…
Día
tras día la diferencia de edad con las modelos de lencería que aparecen a
bocajarro en las revistas o las mujeres de bandera que sin compasión te miran a
los ojos desde colosales anuncios en la calle, es insalvable. Y eso duele… Los
designios de la moda además no juegan a favor del género masculino. Mientras
nosotros seguimos enfundados en el clásico binomio pantalón-camisa con pocas o
nulas posibilidades de variación, la mujer dispone de una amplia gama
armamentística a la hora de lanzarse a la vida diaria para, a partir de la
simple insinuación de sus atributos, acercarse a la viva imagen de una Diosa. Y
mi señora esposa es un claro ejemplo de ello. Hay muchos días que, casi sin
querer y de manera instintiva, me acerco a ella para preguntarle si estudia o
trabaja mientras con la fregona voy recogiendo el reguero de mi babilla
descontrolada.
El
resultado es evidente. Las distracciones de la mente al salir a la calle son
numerosas y es entonces cuando más consciente soy de que me estoy haciendo
mayor. Tomando como referencia al ilustre filosofo castellano Antonio Resines y
su prolífica obra, sintetizada sin duda con acierto en la serie divulgativa
“Los Serrano”, el grado de suciedad que va alcanzando mi mente con el tiempo
comienza a suscitarme una cierta desazón. En silencio vivo atemorizado con la
imagen del viejo verde que, de manera natural pero patética a los ojos del
resto del mundo, lanza miraditas y piropos a las jovencitas de pantalón de
cuero y botas altas. ¿Es ese mi destino sin remisión? ¿Tiene que ser pantalones
o puede ser directamente minifalda?
Gracias
a Dios tengo la gran suerte de moverme habitualmente sobre dos ruedas lo que
minimiza el contacto con el mundo real infestado de “distracciones” y lo relega
a un visionado fugaz a través de una visera. De alguna manera podemos afirmar
rotundamente que el mundo del motociclismo está jugando un papel determinante
en el cuidado de mi salud mental. Pero el cruel destino (y el ayuntamiento de
Barcelona) ha decidido poblar la ciudad de viles semáforos que sin opción
alguna de rebeldía por mi parte me obligan a parar de vez en cuando y fijar mi
atención en el voluptuoso espectáculo del mundo. Y es en ese momento vulnerable
cuando mujeres altas, bajas, rubias, morenas, jovencitas o MILFs pasan sin
compasión por el paso de cebra para cruzar de lado a lado de la calle ajenas a
los pensamientos, algunos castos otros impuros, de todos los motoristas y
conductores entre los que me incluyo. Nota del autor: Siempre es mejor meter a
más gente y repartir las culpas cuando se trata de algo un poco comprometido.
Al
menos con el tiempo, mientras la suciedad aumenta, he aprendido que todos los
cruces no son iguales. Así, mentalmente voy trazando un mapa en el que catalogo
esos momentos placenteros y que me permiten constatar que los barrios altos
disponen de una alta densidad de belleza por metro cuadrado. Deleznable
(pensarán ellas, sobre todo si no viven en los barrios altos) y práctico
(pensarán ellos, con independencia de donde vivan).
El
destino es cruel, afirmaba antes acertadamente. Lleva al hombre, avanzando
lentamente y sin remedio, hacía la más absoluta sumisión al género femenino, a
su inestimable comprensión, a su saber estar, a su exquisita fineza y a sus virtuosas
dotes e inmensos atributos ¿O era solo hacía los inmensos atributos del género
femenino? Sucia, realmente sucia esta última reflexión.
Acabo
esta entrada reflexionando sobre el futuro y lo que nos deparará. Sé que éste depende
únicamente de cómo se tome mi mujer esta profunda reflexión que aquí vierto y
de la valoración que haga de mi acertada alusión a su inconmensurable belleza
(¿Me he pasado? ¿Es demasiado poco para tanta mujer?) Si no siempre me quedará
mi fantástica motocicleta y una ciudad con muchos cruces aún por descubrir.
Les dejo, recomendándoles a los machos camachos que eviten pasar por Paseo de San
Juan con Diagonal... No se les ha perdido nada por allí.

Mañana mismo o, a más tardar el mes que viene, me paso
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