12 de octubre de 2012

La insoportable suciedad de la mente

Advierto a los avezados lectores de este blog, raza extraña a la que nunca me cansaré de darles las gracias por esa inexplicable preferencia suya de leer estas líneas por delante de otras muestras inequívocas de la alta cultura como Sálvame Deluxe o Quien quiere casarse con mi hijo (pongan aquí un smile con cara de sorpresa), que la entrada de hoy va dirigida a los machos camachos de abundante pelo en pecho que se encuentran cercanos a la crisis de los cuarenta o, como un servidor, están intentando salir de ella. ¿Será la solución a todas mis dudas existenciales el comprarme una Harley Davidson y lanzarme a la N-340 enfundado en cuero? Dudas, siempre dudas…

Día tras día la diferencia de edad con las modelos de lencería que aparecen a bocajarro en las revistas o las mujeres de bandera que sin compasión te miran a los ojos desde colosales anuncios en la calle, es insalvable. Y eso duele… Los designios de la moda además no juegan a favor del género masculino. Mientras nosotros seguimos enfundados en el clásico binomio pantalón-camisa con pocas o nulas posibilidades de variación, la mujer dispone de una amplia gama armamentística a la hora de lanzarse a la vida diaria para, a partir de la simple insinuación de sus atributos, acercarse a la viva imagen de una Diosa. Y mi señora esposa es un claro ejemplo de ello. Hay muchos días que, casi sin querer y de manera instintiva, me acerco a ella para preguntarle si estudia o trabaja mientras con la fregona voy recogiendo el reguero de mi babilla descontrolada.      

El resultado es evidente. Las distracciones de la mente al salir a la calle son numerosas y es entonces cuando más consciente soy de que me estoy haciendo mayor. Tomando como referencia al ilustre filosofo castellano Antonio Resines y su prolífica obra, sintetizada sin duda con acierto en la serie divulgativa “Los Serrano”, el grado de suciedad que va alcanzando mi mente con el tiempo comienza a suscitarme una cierta desazón. En silencio vivo atemorizado con la imagen del viejo verde que, de manera natural pero patética a los ojos del resto del mundo, lanza miraditas y piropos a las jovencitas de pantalón de cuero y botas altas. ¿Es ese mi destino sin remisión? ¿Tiene que ser pantalones o puede ser directamente minifalda?



Gracias a Dios tengo la gran suerte de moverme habitualmente sobre dos ruedas lo que minimiza el contacto con el mundo real infestado de “distracciones” y lo relega a un visionado fugaz a través de una visera. De alguna manera podemos afirmar rotundamente que el mundo del motociclismo está jugando un papel determinante en el cuidado de mi salud mental. Pero el cruel destino (y el ayuntamiento de Barcelona) ha decidido poblar la ciudad de viles semáforos que sin opción alguna de rebeldía por mi parte me obligan a parar de vez en cuando y fijar mi atención en el voluptuoso espectáculo del mundo. Y es en ese momento vulnerable cuando mujeres altas, bajas, rubias, morenas, jovencitas o MILFs pasan sin compasión por el paso de cebra para cruzar de lado a lado de la calle ajenas a los pensamientos, algunos castos otros impuros, de todos los motoristas y conductores entre los que me incluyo. Nota del autor: Siempre es mejor meter a más gente y repartir las culpas cuando se trata de algo un poco comprometido.

Al menos con el tiempo, mientras la suciedad aumenta, he aprendido que todos los cruces no son iguales. Así, mentalmente voy trazando un mapa en el que catalogo esos momentos placenteros y que me permiten constatar que los barrios altos disponen de una alta densidad de belleza por metro cuadrado. Deleznable (pensarán ellas, sobre todo si no viven en los barrios altos) y práctico (pensarán ellos, con independencia de donde vivan).

El destino es cruel, afirmaba antes acertadamente. Lleva al hombre, avanzando lentamente y sin remedio, hacía la más absoluta sumisión al género femenino, a su inestimable comprensión, a su saber estar, a su exquisita fineza y a sus virtuosas dotes e inmensos atributos ¿O era solo hacía los inmensos atributos del género femenino? Sucia, realmente sucia esta última reflexión.

Acabo esta entrada reflexionando sobre el futuro y lo que nos deparará. Sé que éste depende únicamente de cómo se tome mi mujer esta profunda reflexión que aquí vierto y de la valoración que haga de mi acertada alusión a su inconmensurable belleza (¿Me he pasado? ¿Es demasiado poco para tanta mujer?) Si no siempre me quedará mi fantástica motocicleta y una ciudad con muchos cruces aún por descubrir.

Les dejo, recomendándoles a los machos camachos que eviten pasar por Paseo de San Juan con Diagonal...  No se les ha perdido nada por allí.

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