El taxi
avanza rápido entre el intenso tráfico realizando el rítmico slalom que solo
los conductores de Madrid conocen. El alegre conductor lleva un rato cantándome
las excelencias de la ciudad condal en contraposición con las miserias de la
gran capital. Con el tiempo he aprendido a desconectar intermitentemente y a
emitir sonidos aprobatorios a tiempos fijos, lo que me permite mantener
conversaciones sobre Mourinho, la independencia o el 15M manteniendo la misma
expresión y sin levantar la más mínima sospecha de desinterés.
Finalmente
llegamos a la estación de Atocha, bastión del Madrid moderno, de su
multiculturalidad y de su olor a café con leche. Fiel a mis costumbres, me apeo
de mi ocasional carroza con la antelación suficiente como para saborear el
ambiente de la capital. De esta manera puedo observar a través de los
ventanales de las cafeterías a los camareros enfundados en sus uniformes de los
años sesenta, puedo cruzarme con las señoras de clase bien con su caniche en
ristres o puedo escuchar alta y clara la conversación por el móvil del
engominado de turno con su blanco alzacuellos y su camisa rayada.
Tras
este protocolario baño de castellanidad, me adentro en la estación para
cruzarla de extremo a extremo en actitud casi litúrgica. Este siempre
interesante transito por los intestinos de la bestia garbancera me permite
alargar el contacto con la realidad del mundo inmóvil antes de subirme al
caballo de hierro que ha de llevarme a la civilización. De nuevo me dejo llevar
por mi pasión por los detalles para no dejar de fijar mi mirada en actitudes
que siempre transfieren una marcada sensación de temporalidad. En la estación todo
se mueve, nada está quieto, todo se vende y ahora ya casi nadie compra.
Busco
el billete guardado siempre a buen recaudo en la solapa del traje y me mimetizo
entre el gentío que como yo, de manera frecuente u ocasional, viven enfundados
en un mono de trabajo diferenciado únicamente por el color de la corbata. Los
señores guardianes del castillo me obligan a enseñarlo para acto seguido
arrojar mi trolley, fiel compañero, a las fauces de la máquina de rayos X. El
día que encuentren que me avisen…
Con el
tiempo justo para echar un vistazo y comprar quizás algún tentempié en forma de
bebercio o comercio, me dirijo al andén 4 donde encontraré mi puerta al “seny i
la rauxa”. Quizá no tan idílico como el 9 ¾ de Hogwarts, el 4 de Atocha es un
andén de habla catalana y cigarrillo de última hora donde se percibe igualmente
una magia especial, la de aquel que deja un mundo de porras y caballeretes atrás.
Tras la
preceptiva pregunta sobre la certeza de su ubicación y la consecuente sorpresa del
señor que ocupa tu asiento ante el error perpetrado, me coloco sin ambages en el
sillón reclinable y bajo la mesita para colocar todos los instrumentos que no
utilizaré.
Con
puntualidad británica el tren se pone en marcha para regalarme dos horas y
media de puro viaje. Pese a mi denodado esfuerzo por concentrar el cerebro en
algo productivo, como ya llevan rato haciendo la gran parte de mis compañeros
de vagón, caigo en brazos de Morfeo sin remisión a los 10 minutos de la salida.
En el fondo creo que debe ser que Guadalajara me produce sueño. O eso o es que
me hago mayor.
El
despertar me devuelve a mi sitio con energías renovadas. Es ese el momento de enfrentarse
al dilema de saber en que gastaré este viaje. Las opciones son claras, o bien
me lanzo a escribir en el bendito Notebook con el que genero estas líneas o
bien me lanzo a leer en cualquiera de los gadgets que me acompañan a todas
partes.
Que
haga una cosa u otra siempre dependerá de mi compañero de viaje o, más bien de
su ausencia. Si alguien me acompaña al lado leo y sino escribo. Así de fácil.
Lo que escriba o lo que lea ya es otro tema.
Levanto
la vista tras el hipnótico viaje, tanto físico como mental, gracias al chasquido de los viajeros al vislumbrar inquietos
los arrabales de su ciudad. Ha pasado ya el tiempo de buceo intelectual fuente
inagotable de creatividad para coger ideas, instruirse, aprender, relajarse o
simplemente para escribir entradas en el Blog, novelas, ofertas o cualquier
otra cosa.
En un abrir
y cerrar de ojos me encuentro subido a mi moto cruzando ágil la ciudad rumbo a
casa. La sola imagen de mi familia me hace sonreír como un bobo durante todo el
camino y no es para menos ya que los sinceros abrazos que nos esperan a todos a
mi llegada son la merecida recompensa a las horas separados.
Besos,
fin de trayecto y fundido en negro. Hasta la próxima.

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