2 de diciembre de 2012

De vuelta


El taxi avanza rápido entre el intenso tráfico realizando el rítmico slalom que solo los conductores de Madrid conocen. El alegre conductor lleva un rato cantándome las excelencias de la ciudad condal en contraposición con las miserias de la gran capital. Con el tiempo he aprendido a desconectar intermitentemente y a emitir sonidos aprobatorios a tiempos fijos, lo que me permite mantener conversaciones sobre Mourinho, la independencia o el 15M manteniendo la misma expresión y sin levantar la más mínima sospecha de desinterés.

Finalmente llegamos a la estación de Atocha, bastión del Madrid moderno, de su multiculturalidad y de su olor a café con leche. Fiel a mis costumbres, me apeo de mi ocasional carroza con la antelación suficiente como para saborear el ambiente de la capital. De esta manera puedo observar a través de los ventanales de las cafeterías a los camareros enfundados en sus uniformes de los años sesenta, puedo cruzarme con las señoras de clase bien con su caniche en ristres o puedo escuchar alta y clara la conversación por el móvil del engominado de turno con su blanco alzacuellos y su camisa rayada.



Tras este protocolario baño de castellanidad, me adentro en la estación para cruzarla de extremo a extremo en actitud casi litúrgica. Este siempre interesante transito por los intestinos de la bestia garbancera me permite alargar el contacto con la realidad del mundo inmóvil antes de subirme al caballo de hierro que ha de llevarme a la civilización. De nuevo me dejo llevar por mi pasión por los detalles para no dejar de fijar mi mirada en actitudes que siempre transfieren una marcada sensación de temporalidad. En la estación todo se mueve, nada está quieto, todo se  vende y ahora ya casi nadie compra.

Busco el billete guardado siempre a buen recaudo en la solapa del traje y me mimetizo entre el gentío que como yo, de manera frecuente u ocasional, viven enfundados en un mono de trabajo diferenciado únicamente por el color de la corbata. Los señores guardianes del castillo me obligan a enseñarlo para acto seguido arrojar mi trolley, fiel compañero, a las fauces de la máquina de rayos X. El día que encuentren que me avisen…

Con el tiempo justo para echar un vistazo y comprar quizás algún tentempié en forma de bebercio o comercio, me dirijo al andén 4 donde encontraré mi puerta al “seny i la rauxa”. Quizá no tan idílico como el 9 ¾ de Hogwarts, el 4 de Atocha es un andén de habla catalana y cigarrillo de última hora donde se percibe igualmente una magia especial, la de aquel que deja un mundo de porras y caballeretes atrás.  

Tras la preceptiva pregunta sobre la certeza de su ubicación y la consecuente sorpresa del señor que ocupa tu asiento ante el error perpetrado, me coloco sin ambages en el sillón reclinable y bajo la mesita para colocar todos los instrumentos que no utilizaré.

Con puntualidad británica el tren se pone en marcha para regalarme dos horas y media de puro viaje. Pese a mi denodado esfuerzo por concentrar el cerebro en algo productivo, como ya llevan rato haciendo la gran parte de mis compañeros de vagón, caigo en brazos de Morfeo sin remisión a los 10 minutos de la salida. En el fondo creo que debe ser que Guadalajara me produce sueño. O eso o es que me hago mayor.

El despertar me devuelve a mi sitio con energías renovadas. Es ese el momento de enfrentarse al dilema de saber en que gastaré este viaje. Las opciones son claras, o bien me lanzo a escribir en el bendito Notebook con el que genero estas líneas o bien me lanzo a leer en cualquiera de los gadgets que me acompañan a todas partes.

Que haga una cosa u otra siempre dependerá de mi compañero de viaje o, más bien de su ausencia. Si alguien me acompaña al lado leo y sino escribo. Así de fácil. Lo que escriba o lo que lea ya es otro tema.
Levanto la vista tras el hipnótico viaje, tanto físico como mental, gracias  al chasquido de los viajeros al vislumbrar inquietos los arrabales de su ciudad. Ha pasado ya el tiempo de buceo intelectual fuente inagotable de creatividad para coger ideas, instruirse, aprender, relajarse o simplemente para escribir entradas en el Blog, novelas, ofertas o cualquier otra cosa.

En un abrir y cerrar de ojos me encuentro subido a mi moto cruzando ágil la ciudad rumbo a casa. La sola imagen de mi familia me hace sonreír como un bobo durante todo el camino y no es para menos ya que los sinceros abrazos que nos esperan a todos a mi llegada son la merecida recompensa a las horas separados.

Besos, fin de trayecto y fundido en negro. Hasta la próxima.

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