29 de mayo de 2013

Revulsivos caseros (Técnicas narrativas 2, La perspectiva absoluta)


El hambre llegó a ser la principal preocupación de mi familia solo por detrás de lo que pusieran en la tele. Mi hijo, cual polluelo de más de cuarenta kilos, reclamaba diaria y ostensiblemente la cena mientras su hermana tomaba consciencia de que su tiempo de consumo televisivo diario llegaba a su fin.

Los peluches dejaron de tener aquel efecto hipnótico que antaño me permitía derivar cualquier situación en un festival de emociones. Las peticiones de aquellos niños angelicales dejaron de ser analógicas y de felpa para convertirse en digitales con nombres impronunciables.



El amor y el odio eran los sentimientos que, a partes iguales, servían de pegamento a esa sociedad moderna. Y mi familia no era ajena a ello. Mi hijo sentía amor por la comida, los videojuegos, sus amigos, sus abuelos y muchas cosas más. Mi hija le seguía a la zaga en número de cosas que le hacían pasar “el mejor día de su vida”. En cuanto a odios, la cosa era más difusa ya que tanto a uno como otro les fastidiaban pequeñas cosas que les impedían alcanzar el nirvana infantil. La elección de chaqueta para salir a la calle o el número de paquetes de cromos a comprar los viernes podían convertirse fácilmente en el detonante de alarmantes y explosivos episodios lacrimógenos. Esos eran definitivamente los días del todo o nada. De la ausencia de las medias tintas. Del me gusta o no me gusta.

Como adulto mis preocupaciones eran otras y eso provocaba que la repartición de mi dosis de amor y odio no fuera en absoluto equitativa. Como no podía ser de otra manera, mi familia acaparaba escandalosamente los buenos sentimientos, las sonrisas y el buen rollo. Por el contrario, disponía de una amplia oferta en el mercado para echar pestes, despotricar amargamente o criticar sin paliativos. Podía optar por una mierda de país enfrascado en una crisis que por aquel entonces se creía temporal, por una clase dirigente empeñada en desarrollar una reforma educativa tras otra o por una sociedad sin el número suficiente de gente honrada necesario para acometer cualquier cambio.

Que difícil era escribir de otra cosa que no fuera de la mierda que nos ahogaba. Mi blog acabo sirviéndome a la vez de escape y de termómetro de mi frágil salud mental. Releía a menudo entradas pasadas entre risitas entrecortadas y mirada ida, intentando identificar cualquier síntoma o atisbo de la cordura que en otro momento había disfrutado. Qué tiempos aquellos en que solo tenías que pensar en pagar la hipoteca…

Esperaba con cierto estupor los días en que me aterrara que los lunes dieran paso a los martes. Y que éstos sin compasión permitieran acomodarse a los miércoles. La proliferación de programas catastrofistas y personajes televisivos en posesión de la verdad así lo anunciaban. Día tras día esos señores de oratoria fácil y envolvente  se desgañitaban en convencerme de lo mal que iba todo, de mal que iría todo y de lo mal que irá todo.

Y era cuando más cerca del horror absoluto me encontraba que afloraban en mi mente unas cuantas razones para plantarle cara a todo en forma de sol iluminándome la cara. La sonrisa de un niño, una quiniela de catorce, un culito respingón o un leve motivo para soltar una carcajada me valían para emular a Leonardo y Kate en Titanic. Y en eso ayudaban sobremanera mis hijos  con su desmesurado hambre, sus ansias de impronunciables Pokemon y sus grandes preocupaciones. Ellos, junto con el resto de mi familia, me daban cada semana mil razones para no volverme loco y continuar en el mar de lágrimas en que se había convertido todo.

Ni la programación neurolingüística, el análisis de la estrategia empresarial, la inteligencia emocional o todas las leches pseudo empresariales y otros rollos derivados de los Masteres que aprendí durante años fueron la clave. La llave de todo fue tomar consciencia  de los conceptos futuro o legado al cumplir mi hijo los nueve años, junto con la necesidad de aplicar el sentido común para que no se fuera todo al carajo.

Benditos niños…

Nota del autor: Finaliza aquí mi ejercicio de Perspectiva Absoluta entendida como relato en primera persona a modo de autobiografía. Aunque no estoy muy contenta de ella (es claramente mejorable) espero que les haya gustado. La próxima entrada versara sobre la perspectiva absoluta en la que diversos personajes explicaran una misma historia desde ángulos diferentes. Todo un reto para volver a captar su atención ¿Algún día la tuve?

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