10 de junio de 2011

Un metro llamado deseo

Madrid es grande. Madrid es complejo. Pero gracias a Dios (y a Gallardón) que tiene esa gran telaraña que es el metro. Es un día cualquiera y Dani se mueve por la gran ciudad vestido de pingüino. Es el peaje que tiene que pagar para parecer un profesional de éxito. Tan solo para parecerlo…
Se está haciendo tarde y es el momento en que la gente decente piensa en volver a casa. Una habitación de hotel espera hoy a Dani. Lejos están los suyos enfrascados ahora en sus movimientos rituales de lava manos, come cena, acaba yogur, cepilla dientes y unos cuantos no chinches más a tu hermano. Grandes momentos en tu recuerdo cuando estás lejos e infame realidad cuando eres tú el que debe lidiar con ello cada día. Aún así, Dani sonríe.
Tras la pertinente espera amenizada por los carteles luminosos que marcan su cuenta atrás, llega el metro. Una rápida decisión salomónica permite a Dani escoger cual es el vagón en el que subirá. Puro azar. El pitido y el cierre de las puertas es algo que el subconsciente espera y, como no puede ser de otra manera, sucede de nuevo esta vez.
No es hasta el cabo de unos pocos segundos que Dani cae en la cuenta. Él es la única persona que está de pie. Y aún más. Él es el único varón en un vagón de féminas. Debe haber a lo sumo 8 o 9 personas pero a ciencia cierta todas son del sexo contrario. La febril imaginación de Dani comienza a funcionar a una velocidad de vértigo. Busca con la mirada a todas a cada una de las mujeres del tren aún a riesgo de que se produzca ese contacto visual incómodo que en algunas culturas, como la nuestra, es signo inequívoco de ligoteo. La excitación de hilarantes historias inventadas decae rápidamente al comprobar cómo la lectura apasionada de libros grandes, pequeños, electrónicos o simplemente aburridos gana por goleada al varón Dandy en el que se ha convertido el macho cuarentón.
En su interior Dani está partiéndose de risa. ¿Cuál es el motivo por el que ha caída en la cuenta de tan absurda coincidencia? Y es en ese momento cuando por fin consigue cuadrar el círculo. El vagón se ha detenido en una estación cualquiera, con tan buen acierto que delante de él un cartel enorme anuncia con letras mayúsculas que torear es vivir.
Un blanco y negro magistral ilustra una imagen impactante cercana a la pasión y el arte en estado puro. Anuncia una exposición de fotografías de José Tomás, aquel al que la muerte ha ido a ver a la plaza tantas veces. Dani acaba comprendiendo que durante todo el día su cerebro ha recibido diversas imágenes durante los trayectos realizados y que esa mezcla de testosterona, pasión y gónadas ha acabado por convertir su traje en un traje de luces.



Maldito marketing piensa. Maldita subliminalidad. Y bendita imaginación que le permite sonreír después de un día de trabajo largo y duro. Quién sabe qué imagen fabricará su cerebro otro día. Tan solo espero estar ahí para narrarlo…
Va por ustedes maestros.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario